Mil Espadas
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Cierre de una temporada dentro de la Cuarta Edad

Crónica de La Gran Purificación

Relato III de V · 4 min de lectura

⚔️ Crónica de La Gran Purificación

Cuando la bruma terminó de extenderse por el Continente Olvidado, los antiguos clanes dejaron de importar. Los colores ya no inspiraban confianza. Los estandartes dejaron de ofrecer refugio. En un mundo cubierto por la niebla, la supervivencia era el único juramento que quedaba.

Los pocos guerreros que aún conservaban algo de lucidez comenzaron a reunirse en pequeños grupos, aferrándose únicamente a quienes todavía creían reconocer. Fue entonces cuando un antiguo rumor volvió a escucharse entre los supervivientes. Los ancianos hablaban de tres antorchas doradas olvidadas por el tiempo. Decían que, si las tres llamas eran encendidas a la vez, la bruma retrocedería y el Continente tendría una última oportunidad.

La noticia se propagó rápidamente y los grupos partieron en busca de las antorchas. Pero cuando los primeros supervivientes se encontraron entre la niebla, la desconfianza habló antes que la esperanza. El odio ya había echado raíces y nadie sabía quién seguía siendo aliado. Todos temían una traición. Todos esperaban una emboscada. Bastó un solo golpe —uno que jamás podría atribuirse a nadie— para que la búsqueda se convirtiera, una vez más, en una batalla.

Mientras las antiguas llamas permanecían olvidadas ante sus ojos, nadie quiso cargar con el peso de levantar la voz, detener el combate y guiar a los demás. Todos esperaban que alguien tomara las decisiones difíciles. Todos esperaban seguir una voz. Pero nadie estuvo dispuesto a convertirse en ella.

Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

Las enormes puertas de la fortaleza comenzaron a abrirse, interrumpiendo el estruendo del acero y el eco de los gritos.

No fue un descuido.

No fue una elaborada estrategia para tender una emboscada.

Fue la última oportunidad.

Al comprender que la amenaza era mucho mayor de lo que habían imaginado, los tres ejércitos dejaron de combatir entre sí y sellaron una tregua. Ya no luchaban por un estandarte. Luchaban por salvar el Continente Olvidado.

Pero incluso unidos...

su ego los llevó en la dirección equivocada.

Al cruzar las puertas encontraron al Portador de la Bruma, inmóvil, acompañado por dos silenciosas figuras. Detrás de ellos aguardaba el Ejército Sin Rostro. Ya no eran desconocidos. Entre aquellas filas caminaban antiguos guerreros del Continente que habían entregado su voluntad, su alma y su espada al caos. Ninguno llevaba colores. Ninguno levantaba la voz. Permanecían inmóviles, como estatuas que aguardaban un desenlace que ya conocían.

Los tres ejércitos descargaron toda su fuerza sobre el Portador de la Bruma y las dos silenciosas figuras. Una y otra vez lograban atravesarlos.

Pero cuando levantaban la mirada para cantar victoria...

la bruma se disipaba.

Y quien yacía sobre la tierra nunca era él.

Era uno de los suyos.

Mientras toda su atención permanecía sobre aquella figura, las tres antorchas jamás fueron encendidas. Cada instante perdido fortalecía a la bruma, mientras el Ejército Sin Rostro seguía creciendo con cada voluntad que se rendía y con cada combatiente que olvidaba cuál era el verdadero propósito de la batalla.

Cuando alguien volvió la mirada hacia las antorchas...

ya era demasiado tarde.

La llama con la que debían encenderlas se había extinguido en medio del combate.

Entonces la bruma reclamó el Continente.

Uno a uno, los últimos defensores fueron tragados por la niebla... hasta que no quedó nadie dispuesto a empuñar una espada en su nombre.

Los estandartes dejaron de ondear.

Las fortalezas quedaron vacías.

La Gran Purificación se había consumado.

Solo unos pocos lograron escapar. No regresaron como héroes, sino como testigos. Cargaban cicatrices que ninguna espada había provocado y el recuerdo de un mundo que jamás volvería a existir. Muchos aseguran que, desde aquel día, ninguno volvió a conocer la paz.

Se dice que el Continente no cayó porque le faltaran guerreros.

Cayó porque todos esperaban que otro cargara con el peso de decidir.

Porque todos estaban presentes cuando los clanes se bañaban en gloria, pero muy pocos cuando era momento de reconstruir aquello que se estaba perdiendo. Porque todos querían vencer, pero casi nadie estuvo dispuesto a asumir la responsabilidad de preservar aquello por lo que luchaban.

Y cuando nadie acepta la carga de sostener un pueblo...

el destino termina sosteniéndolo por ellos.

Quienes conocieron a los pocos sobrevivientes recuerdan una última frase, repetida una y otra vez por quienes jamás lograron olvidar aquella jornada.

"La Gran Purificación no fue un castigo."

"Fue una consecuencia."

Así concluyó una temporada más de la Cuarta Edad.

Pero el Continente Olvidado nunca olvida.

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